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El pasado 12 de noviembre el presidente de la Federación Rusa, Dmitry Medvedev, ha presentado su segundo mensaje anual a la Asamblea de la Federación Rusa sobre el estado de la nación. En él ha planteado desafíos e ideas revolucionarias para modernizar ese Estado. Ha señalado que la modernización de la economía de ése país es un asunto de sobrevivencia que no admite demoras y que para ello deben sacudirse de las viejas estructuras, entre ellas “la humillante condición de ser exportador de materias primas”. La Federación Rusa, cuyas exportaciones están constituidas en un 80% por productos básicos ha sido duramente afectada por la crisis de la economía mundial (ver gráfico), justamente porque fue golpeada por la caída de los precios de esos productos. Por ello, es comprensible que Rusia se plantee abandonar esa dependencia si es que quiere evitar crisis tan fuertes como la que le toca soportar ahora.
Algunas críticas de la prensa europea a este mensaje han hecho hincapié en la poca fortaleza política de Medvedev para aplicar las reformas que propone. La ortodoxia de su primer ministro hace dudar de que sea posible devolverle a Rusia la condición de potencia mundial a partir de principios democráticos y el desarrollo de instituciones democráticas, como propone su actual presidente. No obstante, la propuesta elevada a la Asamblea, que va todavía más allá porque plantea retirar al Estado de la actividad económica, quedará como una impronta muy difícil de olvidar. En lo que al resto del mundo concierne, este mensaje debería servir de lección para los nuevos líderes populistas que justamente están proponiendo hacer aquello que ha ocasionado el empobrecimiento de la otrora poderosa Rusia.