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La inflación acumulada a mayo del presente año es del 7.49%. En los doce últimos meses alcanza al 16.84%. Estos datos hablan por sí mismos de un fenómeno que nada bueno puede traer a la economía nacional. Sus manifestaciones inmediatas se ven en la protesta cotidiana de las familias que viven de un salario que no sube al ritmo de los precios o que simple y llanamente está fijo. Las consecuencias más profundas, pero menos perceptibles, se vienen incubando en la pérdida de competitividad de la producción nacional y con la mala asignación de recursos, que luego se traducirán en menos crecimiento y en la pérdida de empleos.
Desde esferas del gobierno se han ensayado todo tipo de explicaciones para este brote inflacionario. Todas, por supuesto, ajenas al control de las autoridades. El argumento más manido es el alza de los precios de los alimentos en el mundo. Sin embargo estudios recientes sobre la inflación en Bolivia desmienten esta aseveración. Las causas más inmediatas de la inflación parecen estar en el desmesurado crecimiento del gasto público, en la descontrolada expansión de la cantidad de dinero y en la formación de expectativas de una inflación en permanente aumento.
Hay un rasgo de la inflación en Bolivia que no puede pasarse por alto. Y es que no obstante estar en niveles muy elevados, todavía se trata de una inflación reprimida. Es decir, que lo peor en materia de inflación está por venir. Desde hace bastante tiempo atrás los precios de los combustibles están congelados, lo mismo que la mayoría de las tarifas de transporte, especialmente las de transporte de pasajeros en las ciudades. Las tarifas de electricidad están también fijas. Por otra parte el Estado subsidia el precio de la harina y subsidia también el precio del gas licuado de consumo doméstico así como el diesel para la agricultura y el transporte. Todas las importaciones de Bolivia se ven favorecidas por la política de bajar el tipo de cambio nominal más allá de lo que las condiciones de merado podrían haberlo justificado en algún momento ya pasado. En suma, el país vive cierta artificialidad en los precios internos que más temprano que tarde se corregirá agravando la inflación.
Para que el Gobierno cumpla la meta de inflación que se había propuesto a principios de año, la inflación en los próximos siete meses tendría que ser cero. Algo absolutamente improbable, si excluimos la posibilidad de que los datos se manipulen para mostrar éste o un resultado parecido. Bastaría con que la inflación sea ligeramente superior al uno por ciento mensual para que la inflación del año esté por encima del 16%. La cuestión está en saber si las medidas aplicadas hasta ahora por el gobierno, i.e. control de precios, subsidios y revaluación de la moneda podrán evitar este resultado. Probablemente no. En la raíz del problema inflacionario en Bolivia está el acelerado crecimiento de la masa monetaria. La cantidad de dinero en el país crece cada mes a una tasa anualizada del 60% (ver gráfico). Mientras esta anomalía no se controle será imposible frenar la inflación. Los cambios de método en el cálculo de índice de precios, o echarle la culpa de la inflación al comportamiento de los precios en el resto del mundo son excusas que se han agotado en el mes pasado. Sería bueno comenzar cuanto antes a reconocer que el principal factor que está influyendo en el crecimiento descontrolado del dinero es la monetización de los ingresos por exportaciones de gas natural para financiar el excesivo gasto público.